ABDELHAMID BEYUKI
«Un discurso del siglo XVI sobre la migración y la humanidad»
Es como si una voz surgida desde las profundidades del siglo XVI siguiera hablándonos en nuestro presente turbulento. En una época en la que la palabra “migración” aún no había adquirido el peso político que tiene hoy, William Shakespeare escribió un conmovedor pasaje humanista en la obra Sir Thomas More, poniendo en boca del estadista inglés Thomas More un discurso dirigido a una multitud enfurecida que exigía expulsar a los extranjeros de Londres —extranjeros europeos procedentes de países vecinos— tras los disturbios conocidos históricamente como el Evil May Day (mayo negro).
Lo que llama la atención en este fragmento no es solo su valor como testimonio histórico de un episodio concreto, sino su carácter de temprana reflexión moral sobre el significado de la extranjería y de la humanidad misma. Más de cuatro siglos después, el eco de aquellas palabras parece resonar en la Europa contemporánea, donde vuelven a intensificarse los discursos de exclusión y de odio promovidos por la extrema derecha contra inmigrantes y refugiados. Es como si Shakespeare, a través de esta escena teatral, nos recordara que la tragedia del extranjero es la misma en todas las épocas y que la verdadera prueba de nuestra humanidad comienza siempre en la forma en que tratamos a quienes no encuentran un lugar entre nosotros.
Desde ahí parte el discurso de Thomas More, no para alimentar la ira, sino para despertar la conciencia. Invita a la multitud a imaginarse en el lugar de aquellos extranjeros a quienes desean expulsar. Les dice:
«Imaginad, si queréis, a esos pobres extranjeros:
sus hijos a la espalda y sus escasas pertenencias en las manos,
conducidos hacia los puertos y las costas para ser desterrados del país.
E imaginad, en cambio, que vosotros permanecéis sentados sobre vuestros propios caprichos como si fuerais reyes de ellos,
mientras la voz de la autoridad se ahoga bajo vuestro tumulto
y cada uno se arma con su opinión y su furia.
¿Qué obtendréis con ello?
Solo demostraréis que la insolencia y la fuerza bruta gobiernan este mundo.
Entonces ninguno de vosotros podrá esperar una larga tranquilidad,
pues otros hombres, movidos por la misma violencia,
con la misma mano, la misma razón y el mismo supuesto derecho,
se alzarán contra vosotros como vosotros os alzáis contra ellos.
Y los hombres acabarán siendo como peces voraces
que se devoran unos a otros sin compasión.
Ahora imaginad que el rey decreta vuestro destierro.
¿Adónde iríais?
¿Qué tierra abriría sus puertas para acogeros?
¿Francia?
¿Flandes?
¿Algún principado alemán?
¿España o Portugal?
Allí donde fuerais no seríais más que extranjeros.
¿Os agradaría encontrar un pueblo áspero que se levantara contra vosotros con violencia y se negara a ofreceros refugio?
¿Un pueblo que afilara sus cuchillos ante vosotros y os despreciara como si fuerais perros?
Como si Dios no os hubiera creado igual que a ellos,
como si los bienes de la tierra no os pertenecieran también.
Como si hubieran sido concedidos solo a ellos.
Decidme:
¿qué sentiríais si fuerais tratados de ese modo?
Pues exactamente esa es la condición de esos extranjeros.
Y esa es la gran dureza de corazón que mostráis hacia ellos.«
Más de cuatro siglos después, este fragmento no parece simplemente una página de un teatro olvidado, sino un espejo moral que sigue reflejando la inquietud de nuestro mundo contemporáneo. Las palabras que Shakespeare puso en boca de Thomas More se leen hoy como si hubieran sido escritas para nuestro tiempo, un tiempo de fronteras reforzadas, de alambradas y de embarcaciones que naufragan en el mar. Han cambiado las geografías y los nombres de los puertos, pero la pregunta del extranjero sigue siendo la misma, ¿quién tiene derecho a la tierra? ¿y quién se atreve a negar la humanidad del otro?
La fuerza de este texto no reside únicamente en su valor histórico, sino también en su profunda dimensión simbólica. Coloca al ser humano frente a una prueba moral tan simple como implacable, imaginarse en el lugar del expulsado, del desterrado.
Precisamente por eso su eco recuerda las reflexiones de Juan Goytisolo sobre el exilio como una experiencia que revela los límites de la civilización europea y las contradicciones de su discurso humanista. El extranjero, para él, no es solo alguien que cruza una frontera, sino un espejo que desnuda el miedo de las sociedades ante aquello que las confronta con su propia diferencia.
Así, el discurso de Thomas More parece dirigirnos también a nosotros esa vieja pregunta:
¿y si nosotros fuéramos los extranjeros?
¿y si fuéramos nosotros quienes llamáramos a las puertas de los puertos sin que nadie nos abriera?
En ese punto el texto trasciende su tiempo y deja de ser una escena teatral situada en el Londres del siglo XVI para convertirse en una metáfora universal de la fragilidad compartida de los seres humanos. Toda civilización, por poderosa que se crea, puede encontrarse un día en el lugar del desterrado. Y todo ser humano puede descubrir que la patria —al final— no es tanto una geografía estable como una prueba permanente de nuestra humanidad.
Quizá la pregunta más inquietante es la que hoy se cierne sobre nuestro presente convulso: ¿qué ocurriría si la guerra que Estados Unidos e Israel libran contra Irán se ampliara y su fuego se extendiera a los países vecinos, empezando por los del Golfo? ¿Qué pasaría si personas que jamás imaginaron abandonar sus ciudades climatizadas y sus torres de cristal se vieran de pronto caminando por las rutas del exilio, con sus hijos a cuestas y unas pocas pertenencias, llamando a las puertas de otros países en busca de seguridad?
Tal vez entonces el eco de aquellas antiguas palabras de Shakespeare volvería a resonar con más fuerza que nunca, planteando la misma pregunta esencial:
¿Cómo querríamos que el mundo nos tratara si fuéramos nosotros los extranjeros?

