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    La discrepancia …Europa en su encrucijada

    إدارة الموقعإدارة الموقعأكتوبر 8, 2025آخر تحديث:أكتوبر 8, 2025لا توجد تعليقات9 دقائق
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    Álvaro Frutos Rosadodd

    En la Unión Europea la solución no pasa por blindarse ni por rendirse. Pasa por recuperar el pensamiento crítico y la aceptación de la alteridad como base del consenso democrático. Pensar críticamente no es oponerse a todo; es aprender a distinguir, a deliberar, a escuchar
    Europa en su encrucijada

    «Todas las civilizaciones son mortales» Paul Valéry
    Europa, hoy, parece haber tomado conciencia de esa mortalidad. No porque haya perdido su poder económico o su prestigio científico, sino porque ha entrado en una etapa de duda existencial: ya no está segura de quién es, ni de hacia dónde va.

    Hablaré de ello en cinco puntos, los cinco desafíos que, a mi juicio, definen a una Europa en esta encrucijada.

    1. El reto existencial: el irremediable fraccionamiento interno
    Europa sufre una fractura doble: entre lo nacional y lo común, y entre sus prejuicios, a veces lastrados por viejos referentes ideológicos.

    El Eurobarómetro de verano de 2025 muestra un dato preocupante: solo el 47 % de los europeos confía en las instituciones europeas, diez puntos menos que antes de la pandemia. En cambio, el 63 % declara confiar más en sus gobiernos nacionales, aun reconociendo que estos son menos eficaces frente a los grandes desafíos globales.

    La consecuencia es clara y obvia: los ciudadanos buscan refugio en el Estado nación, pero esperan soluciones europeas.

    La polaridad, no polarización, que durante décadas sostuvo el equilibrio político —la cooperación entre liberales y socialdemócratas— se ha debilitado. El sociólogo alemán Ulrich Beck en La sociedad del Riesgo (2015) lo advirtió: “La Europa del riesgo requiere una política del consenso, no de la confrontación”. Hoy, esa política del consenso se erosiona bajo el peso de la fragmentación.

    La política de seguridad y defensa, que había sido el terreno más técnico y consensual, se ha convertido en un campo de tensiones. La guerra en Ucrania, los incidentes recientes de drones sobre Polonia y los debates sobre una “muralla aérea europea” han puesto de manifiesto que la unidad estratégica europea sigue dependiendo de la buena voluntad de los Estados miembros y no deja de mirar con añoranza más allá del océano.

    Europa, que se imaginaba posbélica sine die, ha redescubierto que la defensa también debe incorporarse a su fuerza moral.

    2. El reto económico: el límite del esfuerzo
    La guerra de Ucrania ha supuesto un giro drástico en la estructura del gasto europeo, coincidiendo con la salida de la pandemia. Según Eurostat, los Estados miembros dedicaron en 2024 un promedio del 1,8 % de su PIB a defensa, con una previsión de superar el 2 % en 2026. Es el mayor incremento en tres décadas.

    El Banco Central Europeo advierte en su último boletín que ese gasto “compite directamente con las inversiones en transición verde, digitalización y bienestar social”.

    Y aún quedan más frentes: la reconstrucción palestina, que podría requerir entre 40.000 y 60.000 millones de euros según estimaciones del European Council on Foreign Relations; la adaptación al cambio climático, calculada por la Agencia Europea de Medio Ambiente en un billón de euros de inversión hasta 2030; y el riesgo de perder capacidad innovadora frente a China, India o Corea, cuyos índices de I+D superan ya el 2,5 % del PIB frente al 2,1 % europeo.

    Este esfuerzo fiscal es difícil de sostener con sociedades cansadas y economías heterogéneas. Por eso los discursos populistas de derecha —y también algunos de izquierda— encuentran terreno fértil en su crítica a la fiscalidad y al gasto común.

    Europa corre el riesgo de volver a la lógica del “cada uno por sí mismo”, esa que Habermas definió como “una regresión al egoísmo nacional disfrazado de prudencia económica”.

    3. La redefinición geopolítica: entre potencias y autonomía
    La tercera encrucijada es geopolítica. Europa sigue siendo el socio económico más grande del mundo, pero su influencia estratégica se ha diluido.

    Estados Unidos impone su agenda de seguridad, y tras la nueva llegada de Trump, la intencionalidad de dibujar un nuevo mapa económico y de influencia no solo pensando en la diplomacia blanda; China y la India reordenan su influencia comercial; y Rusia actúa como potencia disruptiva.

    La reunión de Copenhague de septiembre —donde se debatió la creación de una “Drone Wall” para proteger el flanco oriental— simboliza esta dependencia. Sin capacidades propias de disuasión, Europa continúa delegando su seguridad en la OTAN, es decir, en Washington.

    La pregunta clave es si Europa quiere ser un actor autónomo o seguir siendo un protectorado ilustrado.

    Como ha señalado el politólogo búlgaro y miembro del consejo de administración del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores Ivan Krastev, “la crisis ucraniana no solo enfrenta a Europa con Rusia, sino con su propia imagen de sí misma”. Y esa imagen aún no está resuelta: ¿puede Europa defender valores universales sin poder militar proporcional? ¿Puede mantener su modelo social si el gasto en defensa sustituye al gasto en cohesión? Y una pregunta más: ¿los ciudadanos europeos actuales tienen conciencia y cultura de la Defensa?

    Lamentablemente, el dilema no es de armamento (eso se fabrica o se compra), sino de identidad.

    4. El desafío demográfico y cultural: envejecimiento, liderazgo e identidad
    El cuarto reto es, sin duda, interno y estructural. Europa envejece: según Eurostat, en 2025 la edad media europea es de 44,6 años, frente a los 29 de la India o los 38 de Estados Unidos. Esto tensiona los sistemas de pensiones —la Comisión Europea prevé que el gasto en jubilaciones alcance el 13,6 % del PIB en 2040— y afecta a la productividad [1].

    Pero no solo envejece la población: también envejecen las infraestructuras. Ferrocarriles, aeropuertos, universidades y redes de transporte muestran retrasos de inversión acumulada. La “ventaja civilizatoria europea” basada en servicios públicos sólidos y entornos urbanos habitables se erosiona lentamente.

    La inmigración, necesaria para sostener el mercado laboral, se ha convertido en el campo de batalla simbólico e ideológico de la política europea. Un ejemplo: el Eurobarómetro de junio muestra que un 62 % de europeos cree que la inmigración “es necesaria para el futuro económico”, pero el 48 % la percibe como “una amenaza cultural”. Esa ambivalencia explica el auge de las extremas derechas y de los discursos identitarios que convierten el miedo en identidad.

    El liderazgo político se resiente: los líderes nacionales están condicionados por sondeos, redes y batallas culturales efímeras. Lo advertía Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio (2010): “la hipercomunicación no produce comunidad, sino aislamiento”. Europa corre el riesgo de ser una sociedad hiperconectada, pero políticamente muda y no muy inteligente.

    5. La fragilidad social: pandemia, redes y pérdida de pensamiento crítico
    Y llegamos al punto más delicado: la fragilidad de la sociedad europea contemporánea. El Instituto Europeo de Salud Mental (EUMH, informe 2024) constata un aumento del 22 % en los trastornos de ansiedad y del 17 % en la depresión clínica en comparación con los niveles previos a 2019. El CIS y el INE coinciden: durante la pandemia el consumo de psicofármacos creció un 12 %, y el gasto de las familias en ocio y cultura, fuera del hogar, cayó un 25 %.

    La pandemia no solo afectó la salud física: rompió los vínculos comunitarios.

    A su vez, el uso masivo de buscadores y redes sociales ha consolidado una nueva ecología mental: el conocimiento se aloja en Google, las relaciones en Instagram, la memoria en la nube.

    Como advirtió Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de la vigilancia, “nuestros comportamientos son ahora materia prima para el mercado”.

    Y la consecuencia es que la información ya no nos pertenece, nos sobrevuela.

    El Eurobarómetro sobre Medios Digitales (2025) señala que el 71 % de los ciudadanos se informa principalmente a través de redes sociales y solo el 22 % por medios convencionales. A mayor conexión, menor contraste crítico: el “scroll” sustituye a la lectura.

    Zygmunt Bauman lo resumió con brutal precisión: “Somos más libres, pero más indefensos”.

    A la liquidez social descrita por Bauman se suma la “sociedad de la transparencia” de Han, donde todos opinan, nadie escucha y la política se disuelve en ruido.

    La irrupción de la inteligencia artificial, la desregulación del discurso público y el auge de liderazgos populistas van a reforzar esta tendencia: se impone una democracia instantánea con continuos cambios de pantalla, sin mediaciones, donde la emoción pesa más que la razón.

    Muchos europeos, especialmente jóvenes, creen —como muestra el último Eurobarómetro de expectativas sociales— que “vivirán peor que sus padres”. Esa percepción de declive erosiona la confianza en la democracia liberal y en el propio proyecto europeo.

    En este contexto, la encrucijada no es solo económica ni estratégica: es moral y cognitiva. Europa debe decidir si se resigna a vivir distraída, cansada y temerosa, o si recupera su viejo músculo crítico.

    En conclusión y buscando el optimismo, aunque parezca que no, como dice la canción: «Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.» El problema es que si nos hacemos trampas en el diagnóstico, seguro que los remedios estarán equivocados.

    La solución no pasa por blindarse ni por rendirse. Pasa por recuperar el pensamiento crítico y la aceptación de la alteridad como base del consenso democrático. Pensar críticamente no es oponerse a todo; es aprender a distinguir, a deliberar, a escuchar. Aceptar la otredad (alteridad) —al inmigrante, al discrepante, al distinto— no es debilidad, sino fortaleza cívica. Solo así podremos reconstruir un proyecto europeo que combine seguridad, bienestar y sentido histórico.

    Como escribió Hannah Arendt, “El pensamiento crítico es la única defensa contra la tiranía del sentido común.” Y Europa, más que nunca, necesita volver a pensar críticamente sobre sí misma para poder seguir siendo.

    [1] El crecimiento de la productividad en la UE ha sido inferior al de la economía estadounidense durante las últimas décadas. La diferencia puede parecer pequeña: solo 0,4 p. p. por debajo entre los años 2000 y 2022, en promedio. Sin embargo, como el diferencial se mantiene durante muchos años, las implicaciones acaban siendo importantes: la distancia entre la productividad de la economía europea y la de EE. UU. ha aumentado un 8,4% desde el año 2000. Fuente: CaixaBank Research.

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