Abdelhamid Beyuki
«Feliz, asustada de ser feliz», respondió una mujer palestina en Gaza al ser preguntada por un periodista, qué sentía tras el anuncio del cese de “la guerra” en Gaza. No dijo “en paz”. No dijo “segura”. Dijo asustada. Esa frase, que parece el título de una novela de terror, retrata con precisión la tragedia de un pueblo que ha aprendido a temer incluso la esperanza.
La mujer de Gazatí no teme a la felicidad porque no la conozca, sino porque sabe que allí, la felicidad dura menos que una tregua. Cada silencio puede ser el preludio de otra explosión. Cada amanecer, la promesa incierta de sobrevivir un día más. Esa es la herencia de los meses de destrucción: un miedo que no se apaga con comunicados diplomáticos ni con titulares triunfalistas.
Mientras tanto, desde los salones alfombrados del poder, se escuchan ecos insólitos. Benjamin Netanyahu ha propuesto a Donald Trump para el Premio Nobel de la Paz, por su “mediación” en el conflicto. Sí, el mismo conflicto que dejó miles de muertos, hospitales reducidos a polvo y una generación de niños marcada por el trauma.
El gesto resulta, como poco, grotesco. Premiar a quien ayudó a sostener —y justificar— una guerra bajo la bandera de la “seguridad nacional” suena tan absurdo como entregar el Nobel de Medicina a quien detiene una hemorragia después de provocarla.
“Asustada de ser feliz” nos resume lo que “cese de hostilidades” no alcanza a borrar el miedo que permanece. Mientras tanto, algunos quieren el Nobel como si fuera la guinda de la cortesía internacional, una manera de decir “lo hemos hecho bien”. Pero ¿bien con tantos muertos, con tanto dolor, con tanta impunidad?
Quizá el verdadero Nobel sería que los niños en Gaza (sus madres, sus familias) puedan vivir sin sentir miedo a la felicidad. Que no tengan que esperar treguas para sentir que pueden respirar, que pueden sonreír, que pueden confiar en que no volverán a tener que cubrirse con los escombros de su casa. Que la paz no sea un anuncio, sino un derecho cotidiano.
Si de paz se trata, habría que mirar a otra parte, a las madres que buscaron a sus hijos entre los escombros, a los médicos que operaron sin luz, a los periodistas que siguieron transmitiendo cuando las bombas caían sobre sus tiendas de campaña donde se alojaban. Ellos no tienen despachos ni asesores de imagen, pero encarnan la resistencia más humana, la de seguir creyendo en la vida, incluso entre los muertos.
Son ellos —los que sobrevivieron sin poder celebrar— quienes deberían figurar en las nominaciones. Pero su voz no pesa en los comités, no cotiza en las bolsas diplomáticas, no suma votos en las cumbres. El Nobel, al parecer, se entrega donde el ruido es más fuerte, no donde la verdad es más dolorosa.
El mundo aplaude treguas mientras ignora que, debajo, sigue latiendo la impunidad. Se felicitan los líderes, se reparten méritos, se imprimen comunicados. Pero Gaza sigue siendo un cementerio al aire libre. Y en medio de ese paisaje, alguien —una mujer palestina anónima— confiesa que tiene miedo de ser feliz.
Quizá esa sea la frase que deberíamos grabar en la medalla del Nobel de este año: “Asustada de ser feliz”. Porque en el teatro del poder, la paz se celebra en los escenarios mientras el dolor se vive entre ruinas y detrás de las cortinas.

