La derecha española: entre memoria y obsesión con el “moro”
Hay declaraciones que no solo envejecen mal, sino que nacen ya con olor a archivo polvoriento y a tertulia de sobremesa pasada de vueltas. La reciente intervención de Federico Trillo en el programa matinal “Espejo Público” en la cadena de Antena 3 – hoy 23 de abril de 2026 – , pertenece sin duda a esa categoría, una mezcla de nostalgia política, insinuación conspirativa y una preocupante ligereza al señalar culpables colectivos.
Trillo, quien fuera ministro de Defensa durante el gobierno de José María Aznar, ha sugerido – casi ha confirmado – que tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid podría haber existido algo así como un “comando de moritos”, aderezado con la sombra de unos servicios secretos franceses permisivos o cómplices. No es una teoría nueva —las teorías nunca mueren, solo cambian de plató—, pero sí resulta llamativo que resurja con ese tono entre la confidencia y la insinuación grave.
Porque aquí no estamos ante una simple opinión de barra de bar. Estamos ante alguien que ocupó responsabilidades institucionales de primer nivel. Y eso, en democracia, pesa. Pesa en credibilidad, pero también en consecuencias. Cuando una figura así desliza hipótesis sin pruebas concluyentes, no solo alimenta el ruido, sino contribuye a legitimar prejuicios que ya circulan con demasiada facilidad.
Pero hay que situar estas palabras en un contexto político más amplio, casi asfixiante. El Partido Popular lleva años mirando por el retrovisor con una inquietud creciente, el ascenso de Vox, que amenaza con otro viejo fantasma del “sorpaso” por la derecha. En esa presión constante, el discurso tiende a tensarse, a endurecerse, a buscar atajos emocionales cuando faltan certezas políticas.
Y entonces reaparecen viejos reflejos. Porque no es la primera vez que el 11M se convierte en campo de batalla narrativo. En los días posteriores a la tragedia, el gobierno de Aznar sostuvo con insistencia la hipótesis de ETA, pese a que las evidencias iban apuntando en otra dirección. Aquella gestión —apresurada, errática, marcada por el contexto de la Guerra de Irak— dejó una huella profunda en la credibilidad institucional del gobierno Aznar.
Lo que ahora emerge, con nuevos nombres y matices distintos, parece una versión reciclada de aquella incomodidad, desplazar el foco, sugerir tramas alternativas y evitar —o al menos diluir— responsabilidades internas. En ese giro, el contexto político resulta clave; el fracaso del Partido Popular para recuperar el gobierno y la creciente presión de Vox han contribuido a reconfigurar el relato público.
Dentro de ese desplazamiento, Marruecos aparece como un actor conveniente, casi como un antagonista geopolítico de manual, evocando ecos de episodios pasados como la crisis del islote de Perejil. De este modo, la atención se desvía hacia factores externos mientras se reordenan las tensiones y estrategias dentro del propio escenario político español.
El problema no es únicamente lo que se dice, sino cómo resuena. Hablar de “moritos” —aunque sea en tono atribuido o indirecto— no es inocente. Es una palabra cargada de historia, de desprecio cotidiano, de ese racismo de baja intensidad que muchos consideran anecdótico hasta que deja de serlo. Convertirlo en marco interpretativo de una tragedia como el 11M no es solo impreciso; es irresponsable.
Hay algo casi literario —aunque no en el buen sentido— en este tipo de discursos, una narrativa donde siempre hay sombras extranjeras, conspiraciones sofisticadas y enemigos difusos. Una especie de thriller político sin pruebas, pero con suficientes insinuaciones como para inquietar a quien ya estaba predispuesto a creerlo..
Y ahí está el verdadero efecto, no tanto convencer a quien busca rigor, sino reforzar a quien ya sospechaba. Estas declaraciones no construyen conocimiento, construyen clima. Un clima donde la desconfianza se mezcla con la identidad, donde el “otro” vuelve a ser sospechoso por defecto.
Quizá lo más inquietante no sea la teoría en sí, sino su normalización. Que se diga en televisión, en horario de máxima audiencia, con la serenidad de quien comenta el tiempo. Como si las palabras no tuvieran consecuencias. Como si la memoria del 11M fuera un tablero más en la partida política.
El sarcasmo aquí es inevitable, si todo es posible, entonces nada es comprobable. Y si nada es comprobable, cualquiera puede ocupar el espacio de la verdad con una frase bien colocada. Pero la democracia —esa que tantos invocan— debería aspirar a algo más que a eso.
Porque entre la libertad de expresión y la irresponsabilidad hay una línea fina. Y cruzarla, especialmente desde ciertas tribunas, no es solo un exceso, es una forma de intoxicar el debate público con algo más peligroso que la mentira.
Con la sospecha permanente.

