Escrito por Abdelhamid El biyuki
Hay algo profundamente incómodo —y revelador— en la forma en que España discute la inmigración, no como realidad estructural, sino como relato moral o amenaza apocalíptica, según convenga al turno de palabra.
El proceso de regularización de inmigrantes irregulares, impulsado bajo el gobierno de Pedro Sánchez, no es en sí el problema. De hecho, responde a una lógica difícil de refutar, hay personas que ya viven, trabajan —a menudo en la sombra— y sostienen sectores enteros de la economía. Negarles existencia legal es una ficción burocrática que beneficia más a la precariedad que al orden.
Pero el problema no es la medida. Es el relato.
Se nos ha querido vender como un gesto casi redentor, un acto de humanidad, poco menos que una extensión contemporánea de la caridad religiosa en versión administrativa. Y ahí es donde chirría. Porque cuando el poder necesita disfrazar de virtud lo que en realidad es necesidad, algo no encaja. España no regulariza por compasión. Regulariza porque le conviene..
Y no pasa nada por decirlo.
España necesita mano de obra. La necesita en el campo, en los cuidados, en la hostelería, en los márgenes donde la economía formal se encuentra con la realidad cotidiana. Lo sabe cualquiera que haya mirado más allá del titular o del discurso parlamentario. Y esos inmigrantes —irregulares o no— ya están participando en la economía. Ya están aquí. Ya son parte del engranaje.
Entonces, ¿por qué ese empeño en envolverlo en un lenguaje de bondad casi paternalista? Por qué montarlo de manera que provoca mas rechazo social que reconocimiento?
Quizá porque reconocer la verdad desnuda obliga a admitir algo más incómodo, admitir que el sistema depende de ellos, pero no quiere reconocerlo del todo. Que hay una relación funcional, no sentimental. Y que el discurso humanitario, llevado al extremo, acaba siendo otra forma de condescendencia.
Pero si el relato gubernamental peca de hipocresía amable, el de ciertos sectores de la derecha cae en una hipocresía mucho más peligrosa, la del miedo.
Ahí, el inmigrante deja de ser trabajador para convertirse en amenaza, en invasor, en estadística manipulada de inseguridad y en símbolo útil para agitar emociones primarias..
Y otra vez, la realidad queda sepultada bajo el relato.
Ni héroes necesitados de salvación, ni hordas peligrosas.
Personas. Mano de obra. Realidad económica. Presencia social.
Lo verdaderamente inquietante no es que haya desacuerdo —eso es natural—, sino que ambos extremos parecen necesitar distorsionar la inmigración para sus propios fines. Unos para legitimarse como moralmente superiores. Otros para disputar poder a través del miedo.
Y en medio, la verdad, incómoda y sencilla, queda sin dueño. España necesita inmigración, la utiliza, se beneficia de ella. Y, sin embargo, no termina de hablar de ello con honestidad.
La inmigración se ha convertido en una herramienta más en la disputa por el poder. Un arma arrojadiza. Un recurso narrativo.
Y eso —no la inmigración en sí— es lo realmente peligroso.
Porque cuando la política convierte la realidad en relato interesado, deja de gobernar para empezar a manipular. Y ahí, ya no estamos discutiendo sobre leyes o economía, estamos discutiendo sobre quién controla la historia que nos contamos.
Y esa, quizá, es la batalla más importante de todas.
A todo esto se suma un elemento que rara vez se menciona con la claridad necesaria, el caos en la ejecución. Proceso mal organizado, criterios poco claros, colas interminables, colapso administrativo.. Una gestión que transmite improvisación más que política pública sólida. Y ese desorden no es neutro, alimenta precisamente los argumentos más simplistas y reaccionarios, ofreciendo munición fácil a quienes reducen el fenómeno migratorio a un problema de descontrol.
Resulta difícil no ver en ello una falta de aprendizaje. España ya ha pasado por seis procesos similares, con errores conocidos y documentados, pero menos escandalosos de los que hoy evidencian desidia institucional, y refuerzan el mismo clima de desconfianza que luego se dice combatir. Cuando la gestión falla, el relato más extremo encuentra terreno fértil. Y así, una vez más, la realidad queda atrapada entre la incompetencia y la manipulación.

