Alvaro frutos rosado
La derrota del PSOE y de la izquierda en Andalucía no puede despacharse como una más, ni con una frase resignada o el habitual propósito de “tomar nota” o «aprendemos». Cuando una sociedad habla con tanta claridad (tanto en participación como en resultado), lo peor que puede hacer un partido histórico es protegerse, nuevamente, detrás de excusas. La política democrática empieza por escuchar el inapelable resultado de las urnas. Y escuchar, en este caso, significa aceptar que algo profundo se ha roto entre el PSOE y una parte importante de los ciudadanos a los que aspiraba a representar.
La pregunta es inevitable: ¿y ahora qué?
Ahora toca asumir la verdad. Sin un inútil echar balones fuera y, sobre todo, sin maquillaje. El PSOE atraviesa una crisis política, orgánica y moral desde hace tiempo. No es solo una crisis de liderazgo, aunque mucho tiene de eso, o mejor dicho un liderazgo mal entendido. Tampoco es solo una crisis electoral, aunque los resultados la hayan hecho visible. Es una crisis de confianza. Muchos ciudadanos han dejado de ver en el PSOE una fuerza útil para mejorar su vida, ordenar el país y ofrecer seguridad en un tiempo de incertidumbre. Internamente, muchos militantes han dejado de sentirse escuchados. Muchos cuadros intermedios han aprendido a callar para no incomodar. Y demasiadas decisiones se han tomado pensando más en conservar el poder que en construir un proyecto de país en un tiempo, indiscutiblemente nuevo.
Esto es grave porque el PSOE no es un partido cualquiera. Es una pieza fundamental de la democracia española. Su papel en la historia reciente de España ha sido decisivo: ayudó a consolidar la democracia, a modernizar el país, a construir el Estado del bienestar, a europeizar España y a hacer posible que amplias mayorías sociales encontraran en la política una herramienta de progreso. Por eso, cuando el PSOE se debilita, no solo pierde la izquierda. También pierde estabilidad el sistema democrático. Una España sin un PSOE fuerte, reconocible, socialdemócrata y constitucional queda más expuesta a la polarización, al bloqueo y al crecimiento de soluciones simplistas.
Precisamente por eso, la respuesta no puede ser pequeña. No basta con cambiar algún nombre. No basta con sustituir una dirección regional por otra si se mantiene la misma forma de hacer política. El problema no se resuelve cambiando al conductor si el coche sigue circulando por la misma carretera equivocada. El PSOE necesita una renovación profunda: de liderazgo, de cultura interna, de proyecto y de conducta pública.
Sin duda, el primer paso debe ser asumir responsabilidades. En democracia, la responsabilidad política no es una venganza, que nadie se equivoque. Tampoco es un castigo personal. Es una obligación elemental en juego democrático. Quien dirige una estrategia y obtiene un mal resultado debe responder por ella. Quien ha tomado decisiones equivocadas debe reconocerlo. Quien ha cerrado debates, ignorado advertencias o despreciado la pluralidad interna ya no sólo vale con dar explicaciones. La responsabilidad política sirve para que los partidos no acaben atrapados en la autocomplacencia, para recordar que el poder no pertenece a quienes lo ocupan, sino a los ciudadanos que lo prestan.
Es cierto que este tránsito será difícil. Nadie debe engañarse. La política se ha convertido para muchas personas en una forma de vida, muchas dependencias materiales que hacen muy complicado abrir una etapa nueva. Por eso los errores tienden a ignorarse. Se intenta convencer a la militancia de que cualquier crítica ayuda al adversario. Un partido que no se atreve a mirarse por dentro acaba perdiendo la capacidad de convencer fuera.
La unidad no se construye con silencio ni miedo, sino con un proyecto compartido.
Un partido fuerte necesita militantes que piensen, participen y discrepen sin ser tratados como desleales.
No hay renovación posible si se aparta a los mejores y se premia solo a quienes obedecen.
La izquierda debe aclararse y el PSOE debe hacerlo el primero. Hablar, discutir y proponer políticas públicas de los problemas que preocupan a la ciudadanía: empleo, vivienda, salarios, sanidad, educación, dependencia, juventud, territorio, seguridad y servicios públicos. No de elucubraciones de diseñadores de márquetin político como construir una España plurinacional. Es decir, estar en la vida real de la gente. La socialdemocracia no nació para refugiarse en simbolismos, sino para proteger a quienes trabajan, reducir desigualdades y garantizar que la libertad no sea un privilegio en un mundo de perdida autonomía ciudadana.
El PSOE debe recuperar una relación exigente con las instituciones: gobernar no es ocupar el Estado, sino cuidarlo. La moral pública no puede ser un recurso retórico, sino una práctica diaria. Cuando los ciudadanos ven que un partido justifica en los suyos lo que condena en los demás, la confianza se rompe.
El PSOE todavía puede reactivarse Tiene historia, militancia, experiencia institucional y una enorme responsabilidad con España. Pero solo podrá hacerlo si deja de proteger sus errores y empieza a corregirlos.
Ese nuevo tiempo exige otro liderazgo: colectivo, democrático, humilde y capaz de rectificar. Un liderazgo que escuche, sume talento y no tema a quienes piensan. España no necesita dirigentes rodeados de aduladores, sino partidos con equipos preparados, libres y capaces de convertir la realidad en políticas útiles, no en simples consignas.
El liderazgo personalista puede ser eficaz a corto plazo, pero termina debilitando a los partidos: reduce el debate, empobrece la inteligencia colectiva y convierte el proyecto común en la supervivencia de una persona y su círculo. Así no solo se pierden elecciones; se pierde autoridad moral.
El PSOE debe recuperar esa autoridad, no para dar lecciones, sino para volver a ser creído. Para que trabajadores, jóvenes, clases medias y sectores populares reconozcan en la socialdemocracia una respuesta útil frente a la precariedad, la vivienda imposible, los abusos del mercado, la incertidumbre tecnológica y el deterioro de los servicios públicos.
La derrota en Andalucía, no tiene consuelo en la no mayoría absoluta del PP y el aumento de una izquierda disruptiva, debe servir para abrir un tránsito a un nuevo territorio. No una operación de imagen. No un congreso preparado para reafirmarse en el error. Hace falta escuchar a la militancia, a los alcaldes, a los concejales, a los sindicatos, a los profesionales, a los jóvenes, a quienes se fueron en silencio y a quienes siguen dentro con más tristeza que esperanza.
Pedir cambios no es atacar al PSOE. Al contrario. Quienes aman de verdad una organización no son quienes justifican todos sus errores, sino quienes se atreven a impedir que siga equivocándose. La lealtad no consiste en obedecer siempre. La lealtad consiste en defender aquello que da sentido al partido: sus valores, su historia, su utilidad pública y su compromiso con la democracia.
En definitiva: ¿Y ahora qué?
Ahora toca responsabilidad, renovación y proyecto. Responsabilidad para que quienes han llevado al PSOE a esta situación asuman las consecuencias. Renovación para abrir paso a una dirección más plural, más seria y más democrática. Proyecto para volver a ofrecer a España una socialdemocracia fuerte, honesta, moderna y reconocible.
Insistimos, no será fácil. Habrá resistencias. Habrá quienes intenten presentar cualquier cambio como una amenaza. Pero el mayor peligro no está en abrir el debate. El mayor peligro está en cerrarlo sin abrirlo. El mayor riesgo no es cambiar. El mayor riesgo es seguir igual convencidos que se esta en el buen camino.
El PSOE todavía puede reactivarse Tiene historia, militancia, experiencia institucional y una enorme responsabilidad con España. Pero solo podrá hacerlo si deja de proteger sus errores y empieza a corregirlos. Solo podrá hacerlo si entiende que el futuro no se gana con resiliencia, sino con inteligencia, valentía y una manera distinta de entender y hacer política.

