Escrito por Alvaro Frutos Rosado
VOX COMO OBJETO DE ESTUDIO
Durante años, una parte relevante de la ciencia política española sostuvo una hipótesis que hoy resulta insostenible: la llamada “excepción española” (González Enriquez 2017). Según esta tesis, España habría quedado al margen del auge de las derechas radicales que ya se habían consolidado en buena parte de Europa. Mientras en Francia, Italia, Austria o los países nórdicos estas formaciones se integraban —no sin tensiones— en el sistema político, España parecía resistirse a ese patrón (Mudde, 2007[1]; Norris & Inglehart, 2019).
La irrupción de VOX en las elecciones andaluzas de 2018 no solo quebró esa excepción; la desmintió de forma definitiva. En pocos años, VOX pasó de la irrelevancia a convertirse en un actor central del sistema político español. Pero lo verdaderamente significativo no es su crecimiento electoral, sino lo que ese crecimiento revela: una mutación profunda del espacio democrático.
VOX no es simplemente un partido más dentro del espectro ideológico. Es la expresión organizada de una serie de transformaciones estructurales que afectan a la representación política, a la construcción de identidades colectivas y a la propia forma en que se articula el debate público en las democracias contemporáneas (Vicente, 2023).
De la excepción española a la normalización del fenómeno
La aparición de VOX debe interpretarse como el fin de una anomalía histórica. España no era inmune a la derecha radical, las sociedades occidentales cada vez se parecen más; simplemente no había encontrado la forma política adecuada para canalizar una serie de malestares latentes o, a mi modo de ver, los partidos mayoritarios mantenían un consenso de lealtad, no explicito, entre ellos.
Estos malestares tienen múltiples dimensiones: la crisis económica de 2008 fue el arranque, la desafección hacia las élites políticas por causas diversas, la percepción de pérdida de control ante la globalización pero la apariencia de que si se tenía el dominio del relato, el conflicto territorial catalán y la transformación cultural de la sociedad española hacia identidades más transversales. Ninguno de estos factores por sí solo explica el fenómeno. Es su acumulación la que crea el terreno fértil para la emergencia de una fuerza como VOX (Norris & Inglehart, 2019).
En este sentido, VOX no es una anomalía, sino una normalización tardía de dinámicas que ya estaban presentes en otros países europeos. Pero esa normalización adopta en España rasgos propios: una centralidad extrema de la cuestión territorial, una reinterpretación del pasado histórico y una crítica frontal al consenso político surgido tras la Transición.
VOX como proyecto de restitución
Una de las claves para entender VOX es que no se presenta como un proyecto de ruptura, sino como un proyecto de restitución. Su discurso no se articula en torno a la idea de construir algo nuevo. Su objetivo no es la creación de un “ordine novo” como fue en el pasado siglo el fascismo o el nazismo, sino de recuperar algo que se ha perdido: la unidad de España, la autoridad del Estado, la claridad moral en la política y una identidad nacional definida.
Este elemento es fundamental. VOX no interpela a sus votantes desde la utopía, sino desde la nostalgia y el agravio. No promete un futuro mejor, sino la recuperación de un orden supuestamente erosionado por las élites políticas, el pluralismo territorial y las transformaciones culturales (Abascal, 2019). ¿Es un neo franquismo trasnochado?
Esta lógica permite conectar con sectores de la sociedad que perciben que el sistema político ha dejado de representarles. No se trata únicamente de un desplazamiento ideológico hacia la derecha, sino de una reacción frente a una sensación de pérdida: pérdida de control, de certezas, de identidad.
Entronca claramente con el pensamiento reaccionario español del XIX aunque sus dirigentes no hayan leído ni una sola línea al respecto.
La crisis de 2008 como punto de inflexión
La crisis económica de 2008 marco el inicio de un nuevo ciclo político. No solo destruye empleo y bienestar; también erosiona la confianza en las instituciones y en los partidos tradicionales. A partir de ese momento, la política deja de estructurarse exclusivamente en torno a la clásica división izquierda-derecha y comienza a reorganizarse en torno a nuevas fracturas: pueblo frente a élites, identidad frente a globalización, seguridad frente a incertidumbre. (Las nuevas extremas derechas en el mundo. Vicente y otros 2023).
VOX se sitúa en ese nuevo eje. No compite únicamente en términos ideológicos, sino en términos de interpretación del malestar social. Su éxito reside en su capacidad para articular un relato que conecta diferentes inquietudes en una narrativa coherente: España está en peligro, las élites han fallado y es necesario recuperar el control. Los vaivenes dialecticos y actitudinales de Sánchez les ha abonado este campo donde van viendo florecer la mies.
La dimensión psicopolítica: emociones, lenguaje y conflicto
Pero el elemento que permite comprender con mayor profundidad el fenómeno es su dimensión psicopolítica. Las nuevas derechas radicales no operan únicamente en el plano ideológico, sino en el terreno de las emociones y de la construcción del “sentido común” (Frutos Rosado, 2023).
VOX no busca tanto convencer; busca activar. No pretende desarrollar argumentos complejos, sino generar respuestas emocionales inmediatas. Para ello utiliza un lenguaje simplificado, repetitivo y altamente simbólico que permite transformar problemas complejos en narrativas accesibles. Por ejemplo, categorizar la inmigración como “invasión masiva y descontrolada”. Rechazan el argumento de que «falta mano de obra», señalando que lo que faltan son salarios dignos que no compitan con «salarios de miseria» derivados de la inmigración ilegal o la «tala masiva» de olivos para instalar macroplantas solares, calificándolo de ataque a la soberanía alimentaria.
El uso del sicolenguaje, la reducción del discurso a consignas y la construcción de identidades enfrentadas forman parte de una misma lógica: la de convertir la política en un espacio de adhesión emocional más que de deliberación racional (Frutos Rosado, 2023).
En este contexto, la verdad pierde centralidad frente a la eficacia del relato. Lo importante no es tanto la exactitud de las afirmaciones como su capacidad para generar impacto y reforzar identidades previas.
La transformación del espacio público
Esta estrategia no puede entenderse sin el contexto en el que se desarrolla. Las redes sociales han alterado profundamente la forma en que se produce y se consume la información política. La inmediatez, la fragmentación del discurso y la búsqueda constante de impacto han reducido el espacio para la reflexión y el debate.
VOX ha sabido adaptarse especialmente bien a este entorno. Su comunicación no es simplemente eficaz; es coherente con la lógica del medio. Cada mensaje está diseñado para ser compartido, amplificado y reaccionado, no necesariamente para ser analizado.
De este modo, la política se transforma en una sucesión de estímulos que apelan directamente a las emociones del ciudadano. El debate público se convierte en un escenario de confrontación permanente donde lo relevante no es el intercambio de argumentos, sino la capacidad de movilizar apoyos (Moffitt, 2016).
Historia, identidad y legitimación política
Otro elemento central en la construcción de VOX es el uso político de la historia. El pasado no aparece como un objeto de análisis, sino como una fuente de legitimación.
La Reconquista, la unidad nacional, la Conquista de America o determinados episodios de la historia de España son reinterpretados como parte de una narrativa continua de resistencia frente a amenazas externas e internas. Esta construcción permite reforzar la idea de una identidad nacional en peligro y justificar la necesidad de una respuesta política contundente. Nada inocente o muestra de ignorancia como se apresuran a indicar periodistas, opinadores y analistas políticos.
El cuerpo ideológico que sostiene a VOX, y que evidentemente no es Abascal, no da puntada sin hilo. No se trata de reconstruir el pasado, sino de utilizarlo como herramienta para intervenir en el presente. La historia se convierte así en un recurso emocional que conecta con imaginarios colectivos profundamente arraigados.
Y es precisamente en este punto donde resulta especialmente reveladora la crítica de VOX a Felipe VI por haber reconocido que en la conquista de América se cometieron excesos. No se trata de una discrepancia menor ni de un matiz retórico, sino de una impugnación de la propia tradición historiográfica española más solvente. Desde Salvador de Madariaga, que en su Historia de la conquista de América ya advertía de la complejidad moral del proceso, señalando tanto la empresa civilizadora como sus indudables abusos hasta historiadores contemporáneos como José Álvarez Junco, que han mostrado cómo los relatos nacionales se construyen frecuentemente mediante procesos de mitificación y selección interesada del pasado, advirtiendo del riesgo de convertir la historia en un instrumento de autoafirmación identitaria más que en un ejercicio crítico de conocimiento ( Dioses útiles 2016) . La construcción de España —como la de cualquier nación hasta la norteamericana — está atravesada por luces y sombras. Negar esa evidencia no es defender la nación, es degradarla intelectualmente. La reacción de VOX frente a una afirmación tan elemental como la del monarca no responde a un debate legítimo, sino a su necesidad política de imponer un relato cerrado, inmune a la crítica y emocionalmente movilizador. Es, en última instancia, un intento de sustituir la historia por el mito, el conocimiento por la consigna y la complejidad por una identidad blindada que no admite fisuras porque se construye precisamente sobre la negación de cualquier matiz.
[1] Cas Mudde Partidos populistas de extrema derecha en Europa Agosto de 2007 Editorial: Cambridge University Press.

