Escrito por Alvaro Frutos Rosado
El orden internacional ya no solo cruje; está mutando hacia un escenario de imprevisibilidad absoluta. Lo que antes eran conflictos localizados o tensiones diplomáticas, hoy se entrelazan en una red de intereses cruzados donde las potencias juegan sus cartas con una mezcla de pragmatismo frío y, en ocasiones, una preocupante improvisación. Desde el papel ambiguo de Rusia y China hasta la parálisis estratégica de una Europa que se pierde en debates internos, el tablero mundial se ha convertido en un «avispero» donde entrar es sencillo, pero encontrar la salida exige un genio político que parece haber desaparecido de la escena actual.
A continuación, analizamos las claves de esta tensión creciente que amenaza con normalizar el uso de la fuerza como primer recurso.
China y Rusia: el tablero global se tensa
China importa una parte sustancial de su crudo del Golfo; por ello, un conflicto prolongado amenaza su seguridad energética y su estabilidad económica. Pekín no tiene interés en que el suministro quede condicionado por Washington. La reacción china, hasta ahora diplomática, podría traducirse en un mayor alineamiento estratégico con Teherán mediante la aportación de armas. Ni más ni menos que lo que ha hecho y está haciendo Occidente (Estados Unidos incluido) con Ucrania: otro ingrediente más para la coctelera.
Rusia, por su parte, observa con ambivalencia. En Ucrania no ha logrado la resolución favorable prometida por Trump; cualquier distracción occidental puede beneficiarle para continuar por la vía militar. Sin embargo, la inestabilidad regional también complica su propia posición de aspirante a hegemón en la zona. Raymond Aron definía la Guerra Fría como «paz imposible, guerra improbable». Hoy la ecuación se invierte: guerra en expansión, paz en retroceso.
Estados Unidos: polarización y liderazgo errático
No podemos olvidar que el conflicto se produce en un contexto de polarización creciente en la sociedad estadounidense. Se trata de una fractura muy preocupante en un país donde la población dispone de una enorme cantidad de armas de fuego y donde la tensión interna escala cada día. Trump abre frentes y anuncia soluciones, pero la percepción pública es que las carpetas se acumulan sin cerrarse.
El liderazgo estratégico requiere coherencia y previsibilidad. La sensación de improvisación erosiona la credibilidad internacional, y esto ya es un hecho. El coste político interno puede dispararse si este conflicto se prolonga o genera bajas significativas, un escenario que no resulta en absoluto improbable.
Europa: división y ausencia de arquitectura
La Unión Europea ha mostrado una alarmante falta de unidad estratégica. Las declaraciones discrepantes entre líderes nacionales, las críticas públicas cruzadas y la ausencia de una voz única debilitan, como de costumbre, su posición.
Las críticas de figuras como Josep Borrell pueden tener fundamento en el fondo, pero la política exterior se dirime institucionalmente. No es tiempo de «toreros sin alternativa» que gritan al viento ni de viejas glorias comentando desde el set televisivo. Si quienes están en la plaza no son capaces de coordinarse, la apisonadora de la historia pasará por encima. Europa necesita lo de siempre: autonomía energética real, capacidad de defensa integrada, diplomacia coherente y la iniciativa para reconstruir un marco nuclear verificable. Mientras siga en el «chauchau», será una mera espectadora.
Terrorismo y amenaza híbrida
El riesgo más realista para Europa no es una invasión convencional, sino la radicalización individual, la activación de células durmientes, los ciberataques y las campañas de desinformación. Los islamistas son islamistas, pero no son tontos ni incapaces.
El European Council on Foreign Relations (ECFR) ha advertido repetidamente que los conflictos regionales actúan como multiplicadores de la polarización interna europea. Cuando el terrorismo yihadista vuelva a actuar en Alemania, Francia o España —porque el riesgo existe—, muchos de los tertulianos que hoy opinan con ligereza buscarán culpables en el «albero» político interno, olvidando las dinámicas globales que alimentan la radicalización.
Por otro lado, Europa sufrirá un claro impacto económico. El estrecho de Ormuz es una arteria global; incluso sin un cierre efectivo, la volatilidad se traduce en un aumento de precios y primas de riesgo. La Agencia Internacional de la Energía y bancos como Goldman Sachs anticipan una inestabilidad sostenida. La guerra entra en Europa a través de la factura energética y la inflación, lo que inevitablemente se convertirá en caldo de cultivo para el malestar social.
Doble rasero y coherencia moral
Nada que no sepamos. Si unas agresiones reciben sanciones masivas (como las de Putin en Ucrania) y otras no, el principio universal se debilita. No se puede defender el imperio de la ley y, al mismo tiempo, admitir la falta de fuerza para actuar ante lo que líderes como Sánchez califican de «atropello a la legalidad internacional» respecto a los ataques de EE. UU. e Israel a Irán.
Hedley Bull, en The Anarchical Society, recordaba que el orden internacional descansa en normas compartidas. Cuando se aplican selectivamente, la anarquía gana terreno. Algo habrá que hacer además de declaraciones; no se trata de equiparar situaciones distintas, sino de preservar la coherencia normativa.
¿Hay salida?
La paz no es un gesto; es arquitectura. Y para construirla se requiere, por encima de todo, la voluntad que hoy falta. La cuestión no es solo si el régimen iraní sobrevivirá, sino si el sistema internacional puede sobrevivir a la normalización de la fuerza como primer recurso.
El crepúsculo no era el final, sino el preludio de una noche más larga. La historia enseña que las noches prolongadas no se iluminan con disparos, sino con genio político. El avispero está abierto. Entrar fue fácil; salir exigirá algo más que ocurrencias de argumentario o tertulianos de Wikipedia. Exigirá estadistas.

