Abdelhamid Beyuki
En los años noventa del siglo pasado, en el barrio popular de Vallecas, donde los balcones rebosan ropa tendida y preocupaciones, y en una iglesia antigua que abría sus puertas tanto a las oraciones como a los sueños aplazados, nació una historia pequeña, del tamaño de un puño.
Se llamaba “Pedo”.
“Pedo” era una perrita caniche, diminuta como una coma en una frase larga. La adoptaron unos migrantes que permanecían en encierro dentro de la iglesia durante cuarenta días y sus noches, reclamando la regularización de su situación legal, protestando contra las detenciones y expulsiones, contando los días como los presos cuentan las grietas en los muros..
“Pedo” se deslizaba entre las mantas extendidas sobre el suelo de la iglesia como una monjita diminuta; olisqueaba los pies fatigados, lamía los dedos de los encerrados y se dormía sobre el pecho de quienes el desasosiego había dejado sin fuerzas. Cuando los cánticos se elevaban, ladraba con un tono agudo, como si pronunciara un discurso ante la asamblea. Y su ladrido parecía repetir:
—¡Justicia… justicia!
Cuando el encierro terminó y todos salieron con un acuerdo frágil bajo el brazo —regularización para algunos sobre el papel, incertidumbre para muchos en el corazón—, Pedo parecía triste. Sus ojos se agrandaron, brillantes como si estuvieran húmedos de lágrimas. No encontré modo de dejarla atrás. Caminaba tras de mí con pasos pequeños, como temiendo que yo me disolviera en el bullicio.
Me acompañó a casa, junto a algunos de los encerrados que no tenían adónde volver. El apartamento estaba en un edificio antiguo cuyo portal crujía bajo los pasos; pero Pedo lo subió como una princesa que regresa a su palacio. Recorrió las habitaciones, exploró los rincones, ladró a su sombra en el espejo y luego se instaló en medio del salón como proclamando:
—Este es mi reino.
Acordamos turnarnos para sacarla a la calle. Parecía algo sencillo, pero no lo era en un barrio donde la policía patrullaba buscando migrantes “sin papeles”. Algunos rehusaban su turno y susurraban:
—Hoy no… dicen que hay una patrulla apostada desde la mañana en el barrio.
Una tarde salió Mustafá con “Pedo”. Ella avanzaba con paso leve, su pelo rizado ondulando como hebras de seda. La policía lo detuvo y le pidió el DNI o la tarjeta de residencia. Sonrió, nervioso, y dijo que la había olvidado en casa. Entonces, como quien saca un conejo de la chistera, mostró la cartilla veterinaria y el pasaporte sanitario de “Pedo”.
El agente examinó los documentos, asintió con una mezcla de ironía y aprobación:
—Vacunas al día… número de chip correcto.
Miró a Mustafá, luego a “Pedo”, que permanecía sentada con serenidad aristocrática. Lo dejaron marchar. Quizá pensaron que quien pasea a una perrita con papeles impecables no puede estar él mismo en situación irregular.
Desde aquel día todo cambió. Comenzaron las disputas por el “honor” de acompañar a “Pedo” en su paseo diario.
—¡Hoy me toca!
—No, ayer solo la lleve a comprar pan; déjame a mí respirar el aire con “Pedo”, por favor…
“Pedo” caminaba por el barrio como una abogada llevando los expedientes de sus clientes. Cuando se acercaba una patrulla, las espaldas se enderezaban, las manos apretaban la correa, y la cartilla sanitaria de “Pedo” emergía como un salvoconducto mágico.
Una de sus rarezas era que, al oír la sirena policial, no ladraba, se tumbaba de espaldas, levantando las cuatro patas al cielo, como diciendo:
—Yo soy ciudadana española… y mi acompañante está bajo mi protección.
Cada noche tenía un ritual extraño, elegía a uno de nosotros, se sentaba frente a él, lo miraba largamente a los ojos y luego apoyaba su pequeña pata sobre su pie, como si le concediera un permiso de residencia temporal en su reino. Quien recibía aquel gesto dormía en paz, como si hubiera obtenido un sello invisible en el corazón.
Un día, uno de nosotros regresó abatido de la oficina de extranjería y se dejó caer en un rincón del salón. Pedo se acercó, apoyó la cabeza en su rodilla y empezó a tirar de los cordones de su zapato hasta desatarlos. Él la miró, perplejo. Parecía decirle:
—No te preocupes, ata tu corazón como atas tus zapatos; toda noche le sigue un amanecer.
Poco a poco, “Pedo” dejó de ser solo una perrita, Se convirtió en señora de la casa, mediadora entre el miedo y la calma. La perra “legal”, con todos los derechos que le faltaban al ser humano que la acogía, tarjeta sanitaria, número de chip, nombre inscrito en una base de datos. Nosotros, en cambio, caminábamos en la sombra, llevando nuestros nombres guardados únicamente en la sombra.
Pero “Pedo” no entendía de permisos ni expulsiones. Solo sabía que cada mano que se tendía para acariciarla era una patria, y que cada puerta que se abría era una oportunidad para correr.
Y muchas noches, cuando el barrio callaba y las voces se apagaban, se quedaba junto a la ventana mirando la calle, y luego volvía hacia nosotros, tranquila. Como si custodiara nuestros pequeños sueños, como si susurrara:
—Dormid… la legalidad soy yo. Soy vuestra guardiana, la testigo de que sois personas humanas.
Esta es la historia de “Pedo” , que nos enseñó que a veces los derechos caminan sobre cuatro patas, y que la libertad puede esconderse en el bolsillo pequeño de un abrigo, junto a la cartilla de vacunación de una PERRA

