El desafío de un cambio necesario
La preocupación por la situación política española, marcada por una creciente polarización, el progresivo retroceso de la socialdemocracia y el avance constante de la extrema derecha, es el origen de este posicionamiento. Frente a este escenario, un grupo de personas diversas decide apoyar activamente el Manifiesto Socialdemocracia XXI, poniendo el foco no en cuántos son ni en quiénes , sino en la necesidad urgente de aportar soluciones reales a los problemas existentes. Ese grupo es el Colectivo MOMENTUM, una firma colectiva unida por el compromiso democrático y social.
El mundo, y sobre todo las llamadas democracias occidentales, atraviesa una encrucijada histórica. La socialdemocracia y el conservadurismo liberal y demócrata cristiano, ideologías políticas dominantes en Europa desde la II Guerra Mundial, han sido capaces, mediante el consenso, de construir un Estado del bienestar y de seguridad para los ciudadanos europeos. Todo se está rompiendo.
Hoy, incluso los más jóvenes ignoran o confunden el contenido concreto del pensamiento político socialdemócrata, del mismo modo que se ha perdido la conciencia de que nuestra sociedad ha alcanzado una cuota muy alta de bienestar gracias a la colaboración entre estas dos ideologías mayoritarias.
Las cosas son como son. La socialdemocracia no se enfrenta ahora a una crisis coyuntural más, ni exclusivamente electoral: es una crisis de proyecto y de su histórica ambición transformadora ante los profundos cambios que se están produciendo en todos los órdenes y que es imprescindible saber interpretar.Si queremos que la socialdemocracia tenga futuro —y debe tenerlo para poder ambicionar un mundo mejor y más justo, de lo cual no tenemos la más mínima duda—, el primer paso imprescindible es una autocrítica radical de nuestros propios errores, sin hacernos trampas en el solitario ni afirmar que los culpables son siempre los otros.
Durante décadas, la socialdemocracia ha sido el gran pensamiento moderno, equilibrado y posible del progreso. Su razón de ser estuvo siempre en la transformación de las estructuras: el mercado laboral, el Estado del bienestar, la fiscalidad, la redistribución de la riqueza, la democratización del poder económico, sentando pilares sólidos para el futuro, y no en medidas coyunturales diseñadas a la carta electoral.
Sin embargo, en los últimos años ese impulso estructural se ha ido diluyendo. Hemos pasado, demasiadas veces, de cambiar las reglas del juego a centrarnos en corregir comportamientos individuales; de combatir las causas profundas a gestionar los síntomas.
Esta deriva no es menor. Cuando la política progresista se focaliza más en el plano moral, en batallas culturales, que en el material; más en los relatos que en los problemas reales; más en las condiciones de vida de la mayoría de los ciudadanos, corre el riesgo de dejar de ser un pensamiento moderno y de vanguardia. La socialdemocracia no nació para dar lecciones sobre cómo se debe vivir, sino para garantizar derechos y oportunidades reales; no para administrar la desigualdad, sino para reducirla; no para adaptarse al sistema, sino para reformarlo. Esto parece haberse olvidado a muchas mujeres y hombres que se consideran de izquierdas.
En este proceso de autocrítica es imprescindible abordar también el papel que han jugado las llamadas políticas identitarias dentro de la socialdemocracia contemporánea. Políticas que, nacidas de causas justas —la igualdad de género, la lucha contra la discriminación, el reconocimiento de minorías históricamente excluidas—, han terminado en ocasiones ocupando un espacio central que ha desplazado el eje material y estructural del proyecto socialdemócrata.
Como ha señalado de forma crítica Mark Lilla, cuando la política progresista se fragmenta en identidades y agravios particulares, corre el riesgo de perder su capacidad de construir un “nosotros” amplio, transversal y mayoritario. No porque esas luchas no sean legítimas, sino porque, desconectadas de un proyecto común de justicia social, pueden acabar reforzando la polarización y la desafección de amplias capas sociales que no se sienten interpeladas por un lenguaje excesivamente moral o cultural. El crecimiento de la extrema derecha entre antiguos seguidores de la socialdemocracia no es casual. Como ha advertido Thomas Piketty, buena parte de la izquierda europea ha ido abandonando su vínculo histórico con las clases trabajadoras y populares.
El resultado ha sido una creciente brecha entre una izquierda culturalmente sofisticada y una base social que sigue demandando seguridad material, igualdad de oportunidades y protección frente a la incertidumbre.
El verdadero reto progresista no está solo en corregir desigualdades ex post, sino en construir un nuevo contrato social basado en misiones colectivas: transición ecológica justa, innovación pública, empleo de calidad, soberanía tecnológica y bienestar compartido. Es decir, volver a situar lo público, a través de un uso responsable de las estructuras del Estado y de la política democrática, como sistemas de control, transparencia e integración, como motores de transformación estructural y de futuro.
La cuestión, por tanto, no es abandonar las políticas de igualdad o los derechos civiles, sino integrarlos en un proyecto más amplio, material y compartido. Un proyecto que no enfrente justicia social y reconocimiento, sino que los articule desde una lógica de mayorías. Que entienda que sin cohesión social no hay progreso y que sin seguridad económica las batallas culturales se vuelven frágiles y divisivas.
La socialdemocracia debe volver a hablar el lenguaje del futuro: del trabajo que vendrá, de la vivienda como derecho, de la transición ecológica sin exclusiones, de la democracia económica y de las oportunidades reales para las nuevas generaciones. No para renegar de las conquistas logradas, sino para darles un anclaje estructural que las haga duraderas.
Hoy, más que nunca, la socialdemocracia necesita menos repliegue identitario y más ambición colectiva; menos gestión de lo inmediato y más construcción de horizonte; menos argumentario y más propuestas. Porque solo recuperando un proyecto de futuro compartido podrá volver a ser un pensamiento capaz de concitar el entusiasmo y el valor de la política para una gran mayoría de la sociedad.
En un mundo en llamas, Europa se enfrenta hoy a desafíos profundos que no se resuelven con genialidades: una desigualdad que ya no es solo económica, sino también territorial y generacional; flujos migratorios que exigen políticas de integración reales y no solo retóricas; sociedades cada vez más fragmentadas y polarizadas; y una juventud que observa la política con una mezcla de desconfianza, distancia y frustración.
Frente a todo ello, la socialdemocracia siempre ha sabido ofrecer respuestas nuevas, audaces y coherentes con su vocación verdaderamente transformadora. Ahora tiene que hacerlo de nuevo.
En este contexto, es justo reconocer que el actual Gobierno socialista no ha estado totalmente al margen de estas cuestiones. Tampoco hay que ignorar el complejo escenario en el que ha desarrollado su labor, marcado por crisis sucesivas —pandemia, guerra, inflación—. Se han protegido empleos, reforzado el salario mínimo, revalorizado las pensiones, ampliado derechos civiles y sostenido el Estado del bienestar cuando muchos auguraban su colapso. Estas decisiones han tenido un impacto real y positivo en la vida de millones de personas, y conviene decirlo sin ambigüedades.
Desde el reconocimiento de esos logros, debemos plantearnos ir más allá. Muchas de esas políticas han sido, en gran medida, respuestas necesarias pero temporales a problemas de un calado mucho mayor.
La precariedad laboral no se resuelve solo con subidas salariales si no se transforma el modelo productivo. El acceso a la vivienda no se garantiza únicamente con medidas de contención si no se afronta el poder de los grandes actores inmobiliarios y se fomenta realmente la iniciativa pública. La desigualdad no desaparece con parches si no se reforman en profundidad la fiscalidad, la distribución del poder económico y las oportunidades vitales desde la infancia.
La socialdemocracia no puede conformarse con gestionar bien las crisis y ser aplaudida por ello: debe anticiparse y evitarlas. No puede limitarse a resistir, a levantar muros frente a la derecha y la extrema derecha: debe volver a ilusionar y ser querida por sí misma. Y para ello necesita recuperar una mirada profundamente democrática. Una política que vuelva a hablar de los problemas de las personas: de trabajo, de vivienda, de futuro; que entienda que sin seguridad material no hay convivencia social y que sin justicia social no hay democracia sólida; y que luche contra la violencia de género empoderando también, económicamente, a las mujeres.
El mayor riesgo para la socialdemocracia no es equivocarse, sino convertirse en un mero muro de contención. Si queremos reconectar con los jóvenes, debemos ofrecerles algo más que estabilidad precaria y discursos bienintencionados: debemos ofrecerles horizontes concretos. Si queremos combatir la polarización, debemos reducir las desigualdades que la alimentan. Si queremos un proyecto europeo robusto, necesitamos una socialdemocracia sin complejos que aspire a ser una mayoría social fuerte y determinante en Europa, capaz de oponerse con razones y hechos a los nacionalismos excluyentes.
El futuro de la socialdemocracia no pasa por renunciar a su pasado, sino por reencontrarse con lo mejor de él y, desde ese pasado que es presente, proyectarse hacia el futuro: la ambición de cambiar aquello que es injusto para que la libertad, la igualdad y la dignidad no sean privilegios, sino derechos efectivos. Esa es la tarea pendiente y también la oportunidad. Dentro de la mejor tradición socialdemócrata, la única manera cierta de proyectar el futuro es el debate abierto, plural y sin prejuicios.
En ello estamos nosotros.

