Es bueno saber que el patetismo político no es una incompetencia sin más; es incompetencia revestida de arrogancia, de chulería y de desprecio a la ciudadanía. En definitiva, es la incapacidad de asumir la propia pequeñez ante la historia.
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“Quien ha visto el presente, lo ha visto todo: lo que ha ocurrido desde la eternidad y lo que ocurrirá hasta el infinito. Todo es igual.”
(Meditaciones, Libro VI, 37) Marco Aurelio.
La dimisión de Carlos Mazón, como se puede ver a simple vista, no es un punto final de nada. Es un punto y aparte en la crónica de una enfermedad política que, algún día de estos, si no tenemos cuidado, será terminal. La política, dicen, era prestigio y autoridad, e incluso dejaba los matices ideológicos para momentos excepcionales, y lo que preocupaba eran los ciudadanos.
Había un abuelo que, a su contrincante, en la mesa de mus, en la tasca de su pueblo por las tardes y mientras tomaban un chato de vino, siempre lo llamaba Pepe; eso sí, cuando iba a visitarle al Ayuntamiento, era siempre don José. El alcalde es el alcalde. No es la persona —pues ahí somos todos iguales—, es la institución. El alcalde, los presidentes, los emperadores mandan porque la potestas la da la ley. Otra cosa, como sabemos, es la auctoritas, imprescindible para un gobernante que se precie, pues para que la primera (potestas) tenga su pleno sentido, tiene que ser algo más que un cargo. Es la influencia moral, intelectual o espiritual, la que hace que el bastón de mando vaya incorporado al cargo sin percibirse.
La progresiva sustitución de la autoridad y el prestigio en política por el ridículo y la patochada destila dos patologías de la condición humana: el ansia de permanencia en el poder y la necesidad de demostrar lo indemostrable, esto es, que uno tiene siempre razón incluso cuando se equivoca. Es difícil encontrar un término que lo defina.
Cuando un dirigente —sea hombre o mujer—, a quien hemos encargado que se ocupe de algunas de nuestras cosas, quiere, con su capacidad (a beneficio de inventario), haciendo uso de su potestas y de su presumida auctoritas, movernos, conmovernos profundamente el ánimo, hacernos sentir dolor, tristeza o melancolía, lo que consigue, nada más, es causarnos pena, lástima o vergüenza ajena por su aspecto, sus palabras y su comportamiento pueril. Esa especie de actitud mediocre supone un salto al vacío: de pretender transmitirnos un sentimiento patético pasa a resultarnos, él mismo, un tipo patético.
Dejemos a un lado su negativa a dar explicaciones sobre su paradero durante la DANA. De ello se ocuparán los jueces si ha habido una dejación de sus funciones con trágicas consecuencias. Evidentemente, quizá nada hubiera cambiado con su presencia, pero él no cumplió el mandato que los ciudadanos le habían dado. Su renuncia a dar cuentas no tiene excusa posible. Se sea de derechas, de izquierdas o de lo que sea. En este caso o en otros. Los gobernantes democráticos tienen la obligación legal y moral de dar cuenta de lo que hacen y de lo que no hacen, y de explicar por qué en un caso y en el otro. Si no lo hacen, no les queda otra que irse, sin más, a su casa. Luego decimos que la juventud está dejando de creer en la democracia. No, no es acertado: se ha dejado de ser demócratas (los gobernantes), pues no nos cansaremos de decirlo: la democracia es mucho más que votar el día que nos llaman a hacerlo.
No hablamos de un hombre, de una sola persona, sino de un síntoma que se está generalizando. Un síntoma de que muchas cosas se están rompiendo en el pacto invisible que sostiene la democracia: que el poder conlleva una responsabilidad sagrada, no un privilegio profano, y que el plus de sufrimiento de un dirigente va incorporado a su gloria, a su paso a la historia y a su sueldo.
Es bueno saber que el patetismo político no es una incompetencia sin más; es incompetencia revestida de arrogancia, de chulería y de desprecio a la ciudadanía. En definitiva, es la incapacidad de asumir la propia pequeñez ante la historia. Tal vez es que Google y su conocimiento universal nos han hecho olvidar el Memento mori de la Antigua Roma.
Les recuerdo la historia —porque hay cosas que, si no se refrescan, se olvidan—: todo proviene del ritual del triunfo romano (triumphus), una procesión solemne que se concedía a los generales victoriosos tras una gran campaña militar. Durante ese desfile, el general recorría la ciudad, subido en un carro adornado, precedido por sus tropas y seguido por prisioneros y botines de guerra. Era el momento de máxima gloria pública, cuando toda Roma lo aclamaba como héroe. Sin embargo, para evitar que el triunfador se dejara dominar por la soberbia o creyera ser un dios, la tradición cuenta que un esclavo o sirviente se colocaba detrás de él en el carro y, mientras sostenía una corona de laurel sobre su cabeza, le susurraba al oído una frase de advertencia: «Respice post te! Hominem te esse memento!»
Para que veamos que lo de Mazón, y otros, no es producto del nuevo tiempo, ni de las redes sociales, ni de ser izquierdistas resentidos, ni de fascistas saliendo de la caverna. Sin marcharnos de la Antigua Roma, en época del emperador Cómodo (161–192 d. C.), el patetismo adoptó la forma de un emperador que, creyéndose la reencarnación de Hércules, convirtió el Senado en un circo y el Imperio en su cortijo personal. Hijo de Marco Aurelio, aquel filósofo estoico que encarnó la virtus y la pietas, Cómodo representó justo lo contrario a su padre: la degradación del poder en espectáculo, la sustitución de la dignitas por la farsa. Se hizo llamar Hercules Romanus, ordenó erigir estatuas suyas cubierto con piel de león, renombró Roma como Colonia Commodiana y rebautizó los meses del calendario con sus títulos personales.
El Senado, humillado, le aclamaba por miedo más que por respeto. El emperador participaba en combates de gladiadores —falsos o amañados— para demostrar su fuerza divina, mientras el pueblo, entre el asombro y el hastío, veía cómo el poder se convertía en comedia. La auctoritas imperial, que antaño residía en la majestad moral del gobernante, se diluía en una autoparodia grotesca.
El resultado fue el colapso del equilibrio político que había sostenido al Imperio durante casi dos siglos. A su asesinato, en el año 192 d. C., siguió el Año de los Cinco Emperadores (193 d. C.), un torbellino de conspiraciones, sobornos, traiciones y ejecuciones que inauguró el caos del siglo III, con el Imperio desgarrado entre generales ambiciosos y provincias rebeldes. Aquel fue, en sentido histórico y simbólico, el principio del fin de Roma: la res publica se disolvía en la arbitrariedad, y el poder dejaba de ser un deber para convertirse en un privilegio.
Tengo un amigo al que le gusta decir: “¿Que cómo se ha llegado hasta aquí?” Siempre es igual: poco a poco, degenerando.
Para evitarlo, les recomendamos la lectura de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (tomo IV), de Edward Gibbon, Editorial Turner.

